
Hace 2 viernes me convenció salir a bailar un compa dj que tocaba reggae/dub, la 1a vez que salía en meses. Luego otro conocido empezó a tocar reggaeton, salsa y cumbia. Estaba de 1a fila, bailando ya 2 horas cuando de repente hice un paso que torsionó mi rodilla izquierda. Una subluxación: se deslizó y regresó mientras me caía casi al piso. Me senté en el escenario y mis amigas fueron por un vaso de hielos, rodeándome, preguntándome qué pasó y si ya debíamos irnos a casa.
“Espérenme,” les dije, “ni puedo caminar ahorita”. Fuimos en uber por mi tarjeta de residencia y a la Cruz Roja – yo batallando una vergüenza bien fuerte de que venían conmigo, que se cagó la noche, toda divertida hasta ese momento. Me tomaron una radiografía y me pusieron un vendaje suave desde los deditos del pie hasta mi rodilla. Al día siguiente llegó mi tía para prestarme un par de muletas.
He reposado lo más que podía por una persona bastante activa e hiper independiente, poniéndome hielos y compresiones calientes y moviéndome entre brincos, estiramientos raros, y dando peso a cualquier otro objeto en mi camino medio estable. Hice resonancia, obtuve los estudios y tengo mi 2a sesión de fisioterapia hoy por la tarde. Al final hubiera sido mucho peor.
Reflexionando, el patrón me parece bastante visible ahorita. La 1a vez que me ocurrió estaba bailando sola en mi cuarto a los 13 años, un momento de mi vida en que me sentía bastante sola y sin propósito, entre el abuso y abandono, desperdiciando mi energía preciosa dentro del sistema educativo, memorizando datos que sabía ya a esa edad que no me serviría mucho como adulto. Me caí.

La 2a vez 10 años después, al final de verano en mi fiesta de despedida, con tacones altos y borrachita, más que un poco perdida en Canadá. Seguro que bailábamos zouk esa noche, como era esa pareja y dentro de esa relación tóxica que empecé a aprenderlo. No me acuerdo exactamente qué pasó después por qué, solo que prioritize ir a la playa y no al médico mi último día en Vancouver. Días después, llegué a California en tren, un nómada andando con muletas y 2 maletas grandes, cruzando países medio capítulo.
Esta 3a vez al principio de otoño, intenté un paso de zouk, medio happy, en mis chanclas y con una desesperación para bailar y soltar una reserva de energía estancada. Empujando mis propios límites..
Aunque algunas personas que me prometieron acompañarme en cualquier duelo siguiente ya no están, afirmo sus palabras en que nadie debería enfrentar estos procesos médicos solito, ni en su propio país o idioma. Aparte de mis reflexiones sobre las otras ocasiones en las cuales me lastimé la rodilla, me recuerdo de 2 más procedimientos quirúrgicos que tuve en los últimos 10 años en que no pedí mucha ayuda de amigos, sino mayormente de mis parejas del momento, que a lo mejor me brindaron el esfuerzo más básico.
Durante los últimos meses, ha crecido bastante una súper falta de paciencia con las pendejadas e inconsistencias entre las palabras y acciones de algunos seres cercanos, mayormente vatos, a la vez que este tiempo y ocurrencia se me reveló una gratitud enorme.

Ahora más que nunca es hora de mantenerse flexible y recibir, con gracia y amor. Dejo que el mar me tranquiliza y me calma para respirar bien: Me impresionó y me sigue impresionando que tanto me están cuidando varias personas acá entre Mérida y Sisal. Cuidados sin cuestiones de gente que quizás no consideraba tan cercana, hasta casi desconocidos, que me han acompañado a citas médicas, llamado clínicas por mi, me traen comida, me lavan la ropa, me ofrecen hospedaje, me transfieren dinero, y me mandan mensajes de ánimos y apapachos. Pongo atención a quienes me llenan, y a quienes me quitan la energía. Las relaciones no deben complicarse mucho – realmente es bastante sencillo – la gente te haga tiempo o no. Al final, el tiempo es nuestro recurso más valioso y finito.