12.14.21

¿Somos dueños de nuestras cosas o permitimos que las cosas nos posean?

He estado pensando mucho recientemente sobre las cosas. Vivía ya 11 meses sin la mayoría de mis confortes materiales, y me sorprendió lo que más extraño (mis cuchillos de la cocina y una pintura de María que compré en Cuba de una artista fantástica). Especialmente bajo el capitalismo, es muy importante seguir preguntándonos mismos: ¿Que más valoro y cuales cosas son lo que verdaderamente necesito?

Hace un ratito, platiqué con mi madrina y me reveló que, después de pagar cinco años por una bodega cuando ella y su esposo estaban viviendo en Japón, regresaron a regalar casi todo de lo que tenían allí. Los dos han cambiado ciertamente en esa época, de varias maneras, y por la influencia cultural que alienta una vida más sencilla. En California de nuevo, encontraron que su estética anterior no les quedó, ni a su casa nueva. “Y cuándo dejamos todas las cosas, inmediatamente nos sentimos más ligeros y por eso, abiertos a más oportunidades.” No estaban enfocando en lo que les faltaba allá en Japón, sino viviendo en el presente y con cosas más útiles o relevantes a esa temporada y atmósfera.

Por la discusión, decidí terminar el contrato con mi propia bodega. Aunque todavía me duele para reflexionar de cómo todo lo que he coleccionado desaparecerá pronto, ya puedo imaginarme más libre sin la preocupación pesada de pensar de lo que debería hacer, dónde pondría a mis cosas, y si quedaría en una casa o ciudad mucho tiempo o mejor, volar con el viento.

Llegamos a la bodega el viernes en la tarde, después del día de acción de gracias, desempacamos todo en el camión y la manejé hasta North County, donde dejé las cajas en mi cuarto, probablemente 15 en total. Cenamos ramen e intenté no rumiar tanto en el trabajo grandísimo que enfrentaré el día siguiente. Creo que en lugar de eso, fuimos a la playa el sábado, y lo dejé hasta domingo. Me desperté con un poco de ansia e inicié la pendiente de filtrar y organizar todo. Era casi lo mismo proceso que hice 8 meses atrás, pero esta vez con más atención a reducir espacio y con una actitud cuidadosa de guardar no solamente lo que quiero, sino necesito.

Ha sido un transcurso muy intenso y más emocional que creía que estuviera. Hay varios regalos que me dieron amigos, llenos de recuerdas buenas—platos y postres que preparé con los instrumentos de la cocina, juegos que transformaron desconocidos a amigos y apoyaron crecer las amistades más profundas, y libros que leí en el patio del sol del depa en Los Angeles, cómoda en el sofá, bajo la luz brillante. Me ha causado de extrañar no solamente mi gente, sino ciertos lugares también.

Muy rápido, el cuarto desorganiza bien feo, con papeles, ropa, libros y herramientas de la cocina por todos lados. Probé la ropa, viéndome en el espejo grande, y concluí fácilmente lo que no quería, aún más consciente de la persona que quiero ser, y como puedo invitar más la mejor versión del yo, la ideal, por mis elecciones del vestuario. Fue un poco gracioso, tiré mucha ropa profesional que compré para la oficina legal, a pesar de que me siento ahora mayor y con un estilo de algún modo mejor, trabajando en una manera más relajada e informal de la casa.

Ya no soy quién era cuando salí de Los Angeles en enero, ni la persona que salí de San Diego en julio de este mismo año.

Todavía tengo la misma esencia del corazón, pero ha cambiado muchísimo mi perspectiva, mi confianza con el español, mi ritmo y la velocidad. Tengo más paciencia, me trato con más cariño y puedo relacionarme con otros en una manera más dulce, estable, con mis propios límites.

Estoy esperando ese sentimiento ligero, supongo que vendría después de que actualmente quitaré las cajas de aquí y salgo otra vez de California, mi hogar y una muy buena distracción desde la dirección que necesito irme ahorita.

Sigo intentando de vivir cada vez más en el presente, y también empezando por primera vez en mi vida de crear algunos planes y patrones saludables de larga plaza. Así iniciamos.