03/01/25

El miércoles, el 26 de febrero, me marcó el Doctor Díaz-Gamboa con las noticias de que encontraron un delfín (estenela atenuatta) varado en Dzilam de Bravo. Ya había muerto y me invitó salir con el equipo de dos posdoctorados y un alumno de biología marina de UADY el día siguiente para hacer la necropsia.

Llegamos a las 10:30am al sitio donde se le enterró, cerca a las hierbas, en la arena fresca que servía cómo refrigerador para mantenerlo bien. Lo arrastramos hasta la parte más plana y cerca al mar y estudiamos su exterior. Con cuidado, tiramos cubetas de agua para limpiar la arena pegada a su piel. Acostado del lado, me instruyó el Doctor para cortar su dorsal: primera prueba. El cuchillo se movió fácilmente por su cartílago, y veía ese tejido conectivo fibroso que les ayuda a mantener el equilibrio y la temperatura corporal; me sentía un poco mareada. Lo volteamos. Era macho, con su pene aún metido adentro. La otra posdoctorada hizo un corte, quitándole una muestra de piel, negro, y una de músculo, un rojo tan oscuro me sorprendió. Tenía muy poca grasa, su cuerpo firme y fuerte abajo de nuestras manos.

Cómo el programa de la universidad también colabora con el gobierno, llegaron dos reporteros del estado para entrevistar al Doctor, salíamos todos algunos días después en el video de Tele Yucatán.

El posdoctorado hizo la incisión larga desde abajo de su barbilla o pecho hasta los genitales. Le abrió. Estuvo un poco hinchado, y soltó gas con un suspiro percibido por todo su ser. Algo que pasa a todos los animales cuando morimos, me dijo. Había mucho menos sangre que me imaginaba.

Adentro, se veía justo cómo estos modelos del cuerpo humano que tienen los médicos, solo en grande. La mayoría del proceso lo experimenté cómo algo sagrado, especialmente cuando me encontré de rodillas, capturando las entrañas que estaban cayéndose hacía la tierra. Metí abajo una cubeta y mis manos, cargando todos los intestinos hasta que se cortó la parte dónde se conectaron. Al final, estaba en la arena acunando la cabeza, cariñosamente, apoyándole mientras se le decapitó. Después de sacar la gran parte de sus órganos, llevamos el cuerpo sin cabeza al hueco para enterrarle de nuevo.

Luego nos encontramos varados los cinco al lado de la carretera, en medio de la nada, con una perforación en el contenedor de anticongelante que se puso a hervir hasta que salió humo. Acompañados con todas las muestras bien apestosas, ahí esperábamos la otra camioneta de la uni para rescatarnos, o la grúa, lo que llegue primero. Una oportunidad que nos dio más espacio para reflexionar, platicar, y convivir en manera más personal.

Me pegó mucho más emocionalmente que físicamente. Me pregunto si estuvimos menos afectados en las épocas cuando cazábamos y matábamos nuestra propia proteína. Ahora que todo nos viene preparado, empaquetado, y desinfectado, estamos bastante aislados del proceso natural, nuestra naturaleza, esencia y solidaridad con todas las otras especies. Y al ver la sangre de otra persona o animal y en una cantidad grande, con el aroma de carne podrida nos pueden hacer sentir enfermos, es crítico que veamos lo que está abajo de la superficie, que así veamos la muerte: cercana, cruda, real, y sin filtros. Es crítico que nos veamos en ellos y ellos en nosotros.