08.25.24

Cuando llegamos a Holbox, rentamos bicis que manejamos en la orilla, al lado del atardecer. Nadamos otra vez con esa bioluminiscencia magnífica; el polvo de las estrellas que se reflejaba arriba por toda la vía láctea. Pura magia.

A las 7am, salimos en lancha con 8 otras personas más el capitán y un guía en ruta a ver las tiburones ballenas. En 1 hora alcanzamos a ver algunas aletas rompiéndose la superficie. Estuvieron entre 10 y 14 metros cada una. Parecía que el tiempo se ralentizó y se aceleró a la vez en una manera muy rara. De repente el guía y 2 chicas de nuestra lancha saltaron al agua-los únicos que tenían la chance para estar “a solas” con ella. Luego llegaron al menos 4 lanchas más, cada una con 10 personas. Al menos tomamos turnos para que estuvieron solo 6 personas a la vez con la tiburón ballena. Por fin llegó el momento; bajé al agua con mi visor y aletas de pie, siguiéndola lo más rápido que podía. Sin gran esfuerzo, se movía con gracia y fluida. Eran 5 minutos que cambiaron mi vida; jamás había conocido a un ser con tanta sabiduría. Nunca había compartido espacio y un momento tan íntimo con otro animal tan grande.

1 hora después nos tocó la segunda/última oportunidad (una broma por todo lo que pagamos, cómo si estaría posible poner un precio en esa experiencia en general). Pinche capitalismo y sus modos feos de explotar a los humanos y todo el resto de la naturaleza a la vez, cuales conexiones son nuestros derechos de nacimiento a esta tierra. Sentía tan alineada, tan cerca y tan lejos, y tan llena de amor y respeto por esta criatura que acaba de conocer. Cuando me llamó el guía para volver a la lancha, fingí no escucharle y seguí nadando con ella, al menos 1 o 2 minutitos más.

Mientras sigo super agradecida haber tenido esa experiencia, también me hace muy triste que apenas estoy conociendo a este animal a los 31 años, aunque y cuando la mayoría de humanos nunca tienen la oportunidad. Me hizo llorar en la cafetería con Beto esa tarde, que la experiencia fue tan comercial, corta, apurada, y sin mucha información sobre su historia y biología. Después me puse a investigarlas un poco más: No son ballenas realmente sino la especie de pez más grande y antiguo que existe. Son nómadas que viajan por todo el mundo y viven hasta los 100 años, subiendo diario para comer los plankton arriba, tan cerca al aire que no pueden respirar.

Era un ejemplo muy visceral de nuestra desconexión enorme al resto del mundo. Se metieron de nuevo algunas dudas fuertes de mi ruta corriente, y qué está verdaderamente atrás y adelante del anhelo para este cambio de carrera y dirección total. Semanas después se clarificó bastante, y decidí ya no iba a dedicar energía a un proyecto en que sentía antes re segura de empezar. El tema, la prioridad, o el valor que sigue subiendo, exigiendo ser alimentado, es una necesitad para la flexibilidad. Esta experiencia me despertó de nuevo a mi propósito verdadero: cuidar a la naturaleza, mi mar, y estas tierras.

Andamos en bici esa misma tarde, yo la más sensible y delicada, abierta al mundo por lo bueno o peor. Decidió darme más premios; acostada, escribí un rato en la arena, y jugamos frisbee durante uno de los atardeceres más hermosos que había visto.

El día siguiente salimos para Cozumel: 2 ferries y 2 islas entre 2 días, 1 vida de lujo. Llegamos a la casa de una tía y y me mostró la playita local, cerca, al lado de la calle donde bajamos con equipo de snorkel para ver un ecosistema increíble: varios peces y algunas estrellas de mar más grandes que mi cabeza. Regresé a la casa para trabajar en la compu un rato, todavía cuestionando cuál realidad era más real. Pasamos tiempo con la familia del novio, chismeando con comida rica.

La mañana siguiente, nos encontramos de nuevo en una lanchita, de una vibra mucho más chill. Nos explicó 30 minutos antes de que bajamos al agua un poco sobre la biología de la región, y enseñó lo básico del buceo. Después de un minuto abajo, empecé a frikear, mi sistema intentando comunicarme que ya has estado mucho tiempo bajo, hay que respirar. La instructora Miri me captó con su mirada firme, intensa, y bonita, moviendo su mano como una ola hacia afuera y hacia ella, calmándome con su imitación de la respiración, del viento. Gestionó alrededor para decirme, mira todo esta maravilla, abre la mirada y observa toda la belleza que hay.

Pasé las pruebas de habilidades para limpiar el agua del visor y recuperar la manguera de la boca en caso que se suelta. Bajamos hasta 10 o 12 metros. Perdí allí de nuevo mi entendimiento del tiempo, de espacio. Nadamos ella y yo mano en mano. De vez en cuando me jaló del chaleco hasta que me di cuenta y la solté, calmándola a ella esta vez. Me liberé para perseguir mis ganas de explorar y obtener otra perspectiva, buscando su cara a cada rato para confirmar que todo estuvo bien.

Vimos un chingo de langostas, de la longitud de mi brazo y mucho más gordas. Vimos dos tiburones gatos, el primero soñando, dormido en la arena, y el otro un poco más chico, alejándose de nosotros sin nada de curiosidad.

Vimos mi pez favorito: el loro arcoíris y una variedad de otras especies en cardumen y algunos solitos, y muchos tipos de corales en sus colores distintos. Solo podía imaginar cómo brillaban antes cuando los aguas estaban menos contaminados. Hubo un momento en que vi mis manos cómo pasitas, blancas, con muchas arrugas. Me confundió un poco para verme sin las escamas de pez, sino todo alien y débil, dependiente en la tecnología del tanque de metal, en este hábitat que reconocía también como mío en una manera difícil para describir. Subimos, comimos tortas y fruta y nadamos un poco con las mantarrayas grandes, en el Cielo/Cielito. El agua calientita, linda, súper clara, la arena suave. Todo perfecto.

Saltamos otra vez, sin los trajes de neopreno; necesitaba sentir mejor el agua y hacerlo en la manera más natural. Jugaba y practicaba usando menos mis manos ni el chaleco, y más la respiración, las aletas y mis piernas de subir y bajarme. Llegamos a casi 20 m. Me encontré ahí de nuevo, flotando, medio lento con la corriente, disfrutando la vista y de sentir parte, al menos por un rato.