La otra noche, una amiga y yo determinamos que mi estilo es algo como “la abuela sexy.” Y no era más legítimo que en ese instante, vestida en un vestido de manga larga con cuello y una abertura larga a cada lado. Reímos. Y aunque sigue la sonrisa, siento frustrada que con casi 30 años, me visto muy bohemia, una cruza entre jovencita y una mayor. Todavía no sé super bien lo que más me halaga, y luego me rindo, harta de los centros comerciales y su atmósfera tan falsa y capitalista, y salgo de nuevo en tenis, los shorts de siempre y una camiseta con mangas chiquitas. Cómo me transporto mayormente por bici dentro de un chingo de calor en Mérida, voy escogiendo confort sobre algo de modo, algo bonito o de mi edad.

He platicado varias veces con varios amigos de cómo nuestra apariencia deja primera impresión, que, por lo bueno o lo malo, influye la comunicación, las oportunidades, y las relaciones. Chismeaba con mi otra amiga abuelita en el parque del sexo y todas las travesuras en que andamos. A veces puede ser una ventaja, la falta de sospecha del público que formamos parte de un mundo más oscuro, alternativo, que rechazamos tantas tradiciones de la sociedad. Y a pesar de que nos dejan en paz, este medio nos permite ver los prejuicios contra cualquier opuesto mucho más rápido.
Siento ahorita en una gran esfuerza de reconciliar con todas las expectativas mantenidas por nuestra sociedad y mis demonios más feos. Lucho de aceptar mi cuerpo cómo es, con todas sus limitaciones, cicatrices, debilidades, belleza, capacitad, y amor. La lucha también involucra el reto de transformar la perspectiva de varias personas, y cómo piensan sobre la desnudez, el genero, la demostración de amor entre amigos, la elección de compartir el cuerpo fuera de la monogamia, y el dolor como placer.

Siempre he mirado para abajo, sin mucha confianza. Y a pesar de toda la presión cultural, los tabus, y el miedo del ostracismo, día tras día voy apreciando más este cuerpo al cuál nací. Se siente como una gran reunión, reconociéndome cada vez más profundo, por forzarlo, fortalecerlo, y apapacharlo, por crear y mantener los límites conmigo y con las otras personas fuera de mí. Estoy caminando una línea bien fina y medio peligrosa. Y mientras me emociona, también tengo miedo de cruzar ciertos límites o destruirlos demasiado rápido. Poco a poco vivo aún más mi verdad, abriéndome al mundo y mi potencial completa.