09.11.21

I returned to Mexico at the end of July. It was a hard coming back. I understand that travel is a privilege, and at the same time must acknowledge how it so often leaves us exhausted. Human bodies were not created to withstand so much movement, to cross so much geography in such a short span of time, as modern technology and transport now allows us.

I spent my last day in San Diego at the beach, right where I belong. From our comfy spot on the cooling sand, we watched the sun disappear into the clouds hanging above the ocean. I walked across the border into Tijuana sometime past midnight, once more on foot. I arrived in Mexico City just as the first rays of light were starting to appear, witnessing the sun, that same golden orange globe that had earlier descended into, was now rising up from the clouds, its resting place where we last parted ways. It felt very poetic, very circular. I thought then it was better to cross such large distances in the dark, where arguably the most important part of any transformation takes place. In the night, everything is less visible, and time stretches on, inviting us for deeper reflection and greater attention to the currently unfolding internal process. I arrived with eyes open and clear, to this other paradise: a green world ready to continue lending itself to adventure.

I was incredibly grateful that Jonathan was able to pick me up from the airport, and though I was afraid I would lose my Spanish after being re-immersed the past month in English, it came right back, just as we fell back into the rhythm of our friendship and easy conversation. We had a quick brunch in Playa before I took a quick nap, and met Kitty at a hookah lounge in the sand. Can life get any better? Mint shisha, a couple shots of tequila, some fancy drinks, gyros and giggles. I slept happily that night.
I worked the next day and we had one more nice evening out together before my body decided to give up for a while. I took one of the least enjoyable six hour bus rides, with body pains and extreme swings in body temperature. I nursed a fever for the next week and a half at least. I did receive a negative COVID test result, so that was at least one small relief.
Ví esta cita el otro día que me resuena mucho: “Si vives quejándote, la vida te dará más cosas de que quejarte. Si vives agradecido, la vida te dará más motivos para agradecer.” Esa enfermedad fue el primer artículo en una lista larga de cosas malas o retos no deseados que me enfrentaron este agosto. Decidí, en lugar de enfocarme en toda la negatividad que estaba encontrando alrededor, para trabajar en una de mis metas grandes: empezar mi propio negocio por los escritos. He reflexionado mucho en lo que estoy cómoda revelando al público, sigo con la investigación como promocionarse mejor, y pensando de cuáles proyectos quiero avanzar.
El viernes, 13 de agosto fue algo magnífico. El día estuvo más o menos. En la noche, cuando estaba lavando los platos, un vaso se rompió en mi mano. Corrí con prisa al baño, donde lavé el dedo más pequeño en mi mano derecha y lo envolví con papel de baño. Sentada en el sofá con la mano arriba, marqué a Sergio, intentando convencerme más que no era necesario irse a la sala de emergencias. Él me recordó a respirar. Marqué Natasha después, porque ya eran las 10:30pm y hay un toque de queda por toda Mérida debido a COVID. Ya han comenzado a tomar, ella y su mamá y no podía llevarme, pero me prometió que nos reuniremos en un hospital recomendado por su mama.

Con el dedo sangrado, encontré un ride. No esperé nada desde que llegué hasta que me metieron en la habitación con el médico y tres enfermeros. El procedimiento era bien doloroso (odio muchísimo las agujas), pero también super rápido. Natasha llegó al momento que el doctor estaba cosiendo los puntos. Agarré su mano con la otra y me distrajo con la plática de nuestros días pasados. Me sentí muy agradecida que pudiera venir y acompañarme esa noche. (Aunque no fuera barato, el mismo proceso en EU costaría el precio que pagué multiplica de 50.) Todos eran simpáticos y muy profesionales. Me sentía muy segura y cuidada. Después de comprar la antibiótica y otra medicina de la farmacia, y 30 minutos hasta el toque oficial, encontramos por suerte otro ride a mi casa, por los agujeros de la calle llenos de agua, otra aventura.

Platicamos un buen rato en el patio sobre las amistades, y cómo cambian por los años y elecciones distintas que nos llevan cada quien en caminos diferentes. Es una temporada muy interesante estar en contacto de nuevo con amigos lejanos, y dar cuenta que, con la mayoría de estas relaciones, nuestro vínculo está todavía fuerte, no importa el tiempo que pasó, ni la distancia física entre nosotros. Fue un buen placer conectar con Natasha varias veces ese mes desde la última hace 3 años. Seguimos aún más cerca que antes, riendo fácilmente, hablando desde el corazón, y contando historias de todo el tiempo en medio.
En la casa (que está a la orilla de Mérida, casi llegando a la jungla) apenas antes de dormir, me preguntó sobre una mancha en la pared, cerca del techo. Se movió, y nos dimos cuenta, con todo el horror de dos niñas de la ciudad, que era una cucaracha bien gorda. Dijo, ¿Sabes que pueden volar? Yo no sabía y seguramente no necesitaba saber ese hecho en ese momento, ni ahora. No tenía raid, y solo había usado mi zapato antes para matarlas. Hicimos un plan mientras nos miraba, a lo mejor formando su propio plan para atacarnos.
Armadas con el repelente y un zapato, nos acercamos al bicho terrible. Cuando ella echó el spray, solo se fue corriendo hasta la esquina, por lo menos más cerca a la puerta, pero todavía muy arriba. Ya tarde, decidimos irnos a dormir e intentar no pensar que quedó allí apenas afuera de los cuartos.
En la mañana, no estaba. Cocinamos huevos con verduras y tomamos café, bailando el reggaeton que tocaba fuerte de la bocina. Por fin calmada que todo estará bien.

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