03.15.21

Una semilla en la brisa. Con poco control y toda la emoción de un viaje a algún lugar no explorado ni familiar.
Pensé que estaba siguiendo los horarios de otros, pero también reconozco que los otros habían hecho mucho por mi fuera de sus propias rutinas porque estaba la visitante. Formamos una mezcla de esperar, dar, recibir y compartir con y por nosotros, uno al otro. Disfruté mucho mi tiempo en Ciudad Valles, que sentía mucho más que dos semanas, todos los días sumándose juntos como fuera solamente un día, bien largo y lleno de agua y aventura.
Después del primer fin de semana, mucha de la familia reunió en el rancho de Marisa. Asamos carne, pollo y nopales para tacos, tuvimos cervezas y juguemos con los perros en el río. Cuando atardeció, escuchamos a bastante más historias y anécdotas familiares alrededor de una fogata, mientras los bichos del relámpago brillaban en marcado contrasta contra las sombras. Una familia de maestros mostrando por ejemplo una manera nueva y mejor de comunicar y relacionar entre ellos. Imagino que podría aprender mucho de ellos como me gustaría interactuar con mi propia familia.
El día siguiente, Bertha y yo fuimos al Nacimiento de Tamuín, un río y cascadita llegando a una cueva con techo muy alto. Yo manejé la camioneta de transmisión manual; me divertí mucho guiarnos por las curvas y abajo de tantos árboles, con toda la libertad de dos jóvenes alegras en la naturaleza. Nadamos con Loba, salté desde la cuerda colgada del árbol, y bronceamos en la roca como las sirenas que somos. Más tarde, conocí a sus papas sobre un pastel azteca y platica amicable en el patio interior.

Esa semana, al mismo tiempo que terminé la posición con los cuaqueros, obtuve más responsabilidades con CRLAF ahora que mi jefa salió por ocho semanas. Tendré más comunicación persona a persona con nuestra directora y estaré encargada de aplicar y reportar en varias, o la mayoría de solicitudes, ambas gobiernas y privadas. Estoy agradecida por la oportunidad trabajar en estos otros proyectos y ganar más experiencia como escritora.

Bertha y yo caminemos al centro, abajo del sol y con toda la humedad del mediodía. Descansamos en el Parque Colosial y cenamos con su hermano afuera en un restaurante saludable y rico. En sábado, fuimos los tres a Puente de Díos en Tamasopes. Aunque tuvimos que rentar chalecos, encontramos una pozita a lo largo del río, bloqueado de la otra gente y su ruido con rocas altas. Desde allí, relajamos con gusto el sol y el aire fresco. Exploramos las cascadas y algunas cuevas extrañas con un luz brillando azul del abajo, como si estuviera un tesoro de piratas escondido o perdido en el agua. Cenamos en Yakas, un restaurante de lujo, donde compartimos pescado zarandeado. Sentado en el balcón, miramos a los aves que volaran a dormir, el cielo detrás transformándose los colores poco a poco hasta se oscuró completamente.

El domingo, fuimos un grupo al otro Puente de Díos donde andamos en kayak. Me concentré intensamente en mi respiración y postura, tratando de remar lo más rápido y eficientemente que pude, mientras de usar todos los músculos. Se sintió bien empujar mi cuerpo así. Llegamos a un punto donde metimos en el agua, buceando del acantilado y cediendo al silencio de un lugar vacío sino por nosotros mismos. No sé exactamente cuantas horas pasemos allí, adentro de esa atmósfera tan rica y pacífica. Después de regresarnos a Valles, paramos de nuevo por nieve en Palmar, a lo mejor por la cuarta vez en seis días. ¡Un sabor diferente cada vez!

La próxima semana, Marisa y yo hicemos galletas con su mama (de nuez y azúcar glass, una receta muy similar a la que usamos mi familia) para el cumpleaños de Perla el día siguiente. No di cuenta que extrañaba tanto a hornear hasta esa noche. Encontramos juntas mucha placer por el arte de la cocina. La fiestita en el patio interior nos pasó suavemente con mucha risa. Más temprano al día, fuimos Bertha, Sergio y yo a Micos, apenas afuera de la ciudad. Un río bonito con pozas (profundas a mi, pero que parecían bajos a ellos, por falta de la lluvia), cascadas pequeñas y cuevas abajo. Estuvimos los únicos en ese lugar también, un evento muy especial y raro por un sitio tan cerca a la ciudad.

Jueves fuimos a Xilitla, un pueblo mágico en las montañas tres horas al sur de Valles. Caminamos por las calles de guijarro, romántica y antigua. Pasamos por la plaza donde se bailen cada domingo huapango (pero quizás no ahora por la pandemia). Esta baile de la Huasteca y su música incluyen guitarra, violín, y jarana (una guitarra pequeña). Me ensañaron los pasos básicos más tarde, Bertha y su mama.

Eran dos surrealistas, artistas europeas quienes llegado a México en los cuarenta y nunca salieron. Del museo de Leonara Carrington, vimos la influencia que imprimió México en su arte. (¡También Egipto-le encantaba los gatos-incluso sus representaciones de perros parecían felinos!) Sobre todos sus obras, las formas, caras y cuerpos miran que aparecían de un libro para niños o algún otro mundo. Parecen traer un mensaje misterioso y no conocido de lejos.

De allí, visitamos al jardín o las pozas de Sir Edward James, un artista o chaman loco como se llamaba, que tomaba muchos hongos para dar bienvenida a la inspiración. En los dos años desde vinieron mis amigos, el sitio había cambiado mucho. Ya no pudimos subir a los torres, ni bajarnos en las pozas. Muchas áreas estaban cerrados debido a COVID. Todavía, fue increíble pensar en el esfuerzo para construir todos las esculturas y edificios dentro de la selva. Podría imaginar unas gran fiestas del tiempo que empezó con trajes hermosos y ricos y terminó con desnudos en el agua y por todas lados. O por lo menos esa es la historia en mi mente. Me habría gustado conocer a los dos.

Regresamos a Micos el viernes y luego cenamos taquitos rojos y celebremos el cumple de Bertha (temprano) con pastel en casa de sus papas. Manejamos a San Luís en sábado, esta vez con el sol que ilumina nuestra dirección adelante y hacía la Joya Honda, un espacio grande, un cráter volcánico. Bajamos un rato, pero llevaba chanclas y fue difícil seguir en la tierra tan resbaladiza. Tocaba música buena, platicamos de los días pasados y los que vienen. Invité a los hermanos a cenar y decir gracias para manejarnos por todo el estado buscando las aventuras y mostrándome los lugares más bonitos y los de que tienen lo más orgulloso.
Domingo fuimos a Parque Tangamanga, caminamos alrededor y finalmente sentamos un rato con los patos. En la noche, pusimos juegos de mesa. Perdí mal, pero divertimos en nuestra final noche juntos. La próxima mañana, salí a pasar algunos meses en Yucatán. Lo que extrañaré más de SLP y Valles incluyen la amistad y compañía de la familia, zacahuil, y obviamente los ríos y pozas. Sigo sintiendo que estoy en el lugar correcto por el momento y futuro del pronto.

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